Jean-Pierre Lacroix, Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas para Operaciones de Paz.
En un momento en que los conflictos se extienden cada vez más allá de las fronteras, Am-Dafock —una remota localidad fronteriza asentada sobre terreno pantanoso, a dos horas de Birao, en el extremo norte de la República Centroafricana— muestra claramente por qué el mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas sigue siendo importante, aunque estos logros rara vez ocupen los titulares internacionales.
En 2024, en respuesta al creciente impacto del conflicto en el vecino Sudán, la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en la República Centroafricana (MINUSCA) estableció una base temporal en Am-Dafock para proteger a las personas desplazadas y refugiadas y crear la estabilidad necesaria para la entrega de asistencia humanitaria.
El año pasado, las tensiones intercomunitarias en esa zona obligaron a más de 11.000 personas a buscar refugio cerca de la base de las Naciones Unidas. En respuesta, los Cascos Azules de la MINUSCA facilitaron un diálogo transfronterizo que condujo a la firma de un acuerdo de paz local entre comunidades centroafricanas y sudanesas. Este acuerdo contribuyó al retorno de casi todas esas familias desplazadas y a la reanudación de las actividades transfronterizas.
Este es solo un ejemplo de lo que significa invertir en la paz.
En un momento en que los conflictos se multiplican, las divisiones políticas se profundizan y las comunidades están cada vez más amenazadas, el mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas sigue siendo una de las herramientas más eficaces y rentables de que dispone la comunidad internacional para promover la paz y la seguridad.
Cada día, más de 50.000 integrantes del personal civil, militar y policial sirven bajo la bandera de las Naciones Unidas en algunos de los entornos más complejos y peligrosos del mundo.
Con motivo del Día Internacional del Personal de Paz de las Naciones Unidas, rendimos homenaje a estas mujeres y hombres por su servicio y sacrificio, desempeñando su labor en condiciones extremadamente difíciles para proteger a la población civil y ayudar a prevenir una mayor inestabilidad.
Este año honraremos a 59 integrantes del personal de mantenimiento de la paz que perdieron la vida en acto de servicio durante los últimos doce meses, un solemne recordatorio de los riesgos a los que se enfrentan en lugares como el Líbano, Abyei y la República Democrática del Congo (RDC). También recordamos a los más de 4.500 integrantes del personal de mantenimiento de la paz que han perdido la vida desde 1948, cuando se desplegó la primera operación de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas en Oriente Medio.
A lo largo de casi ocho décadas, el mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas ha sido puesto a prueba repetidamente. Hoy, los desafíos planteados por un mundo cada vez más dividido, la desinformación y la rápida evolución de las tecnologías se ven agravados por graves restricciones financieras que ejercen una presión creciente sobre nuestras operaciones. Los retrasos y pagos incompletos de las contribuciones obligatorias han forzado a las misiones a reducir su presencia en las 11 operaciones de mantenimiento de la paz, y nueve de ellas han tenido que repatriar a un número considerable de efectivos militares. Se han reducido contratos y se han recortado patrullas, actividades de capacitación y apoyo operacional.
Esto ha reducido de manera significativa la capacidad de los Cascos Azules para mantener su presencia sobre el terreno y llevar a cabo actividades de las que dependen las comunidades para su protección y estabilidad. En la República Democrática del Congo, la reducción del personal policial contribuyó a una disminución de aproximadamente un 30 % en las actividades de patrullaje, limitando el acceso a zonas remotas y de alto riesgo. En Sudán del Sur, el cierre de las oficinas sobre el terreno de Torit y Aweil ha restringido los esfuerzos políticos y de diplomacia preventiva, además de reducir la capacidad de la misión para mantener actividades de protección de civiles en las comunidades circundantes. En el Sáhara Occidental, la reducción de capacidades operacionales ha limitado la habilidad de la Misión para observar simultáneamente múltiples áreas, aumentando el riesgo de que algunas violaciones pasen inadvertidas. En la República Centroafricana, la reducción de vuelos ha limitado la capacidad de llevar a cabo actividades de vigilancia y verificación de los derechos humanos en zonas remotas.
Estos son los límites muy reales de lo que puede lograrse cuando los recursos no están a la altura de los mandatos que el Consejo de Seguridad ha encomendado a las operaciones de mantenimiento de la paz, aun cuando estas se esfuerzan por mejorar su eficiencia y desempeño. Sin embargo, pese a estos importantes desafíos, los Cascos Azules continúan marcando una diferencia tangible en la vida de millones de personas.
Uno de los aspectos más ignorados del mantenimiento de la paz es la vigilancia de los ceses del fuego. En lugares como Chipre y los Altos del Golán, los Cascos Azules impiden que tensiones locales escalen hacia conflictos más amplios y crean el espacio necesario para que continúen la diplomacia y el diálogo político. El mantenimiento de la paz no es un
fin en sí mismo. Su propósito es político: reducir la violencia, apoyar los procesos políticos y ayudar a las sociedades a avanzar del conflicto hacia una paz duradera.
Cuando la paz tiene éxito, es porque los acuerdos políticos se consolidan y las comunidades tienen la oportunidad de reconstruirse. Los Cascos Azules ayudan a crear las condiciones para que ese proceso sea posible. En Sudán del Sur, apoyan tribunales móviles que llevan justicia a comunidades donde los sistemas judiciales formales suelen estar ausentes, contribuyendo a romper ciclos de violencia e impunidad. En Abyei, los equipos de vinculación comunitaria trabajan con las comunidades para identificar tensiones de forma temprana y evitar que las disputas se agraven. En la República Democrática del Congo y en muchos otros lugares del mundo, los equipos de acción contra las minas de las Naciones Unidas han contribuido a eliminar artefactos explosivos que amenazan tanto a los civiles como al personal de mantenimiento de la paz.
El mantenimiento de la paz también contribuye a mantener abiertas las vías de asistencia humanitaria. En Bentiu, Sudán del Sur, los Cascos Azules mantienen diques que protegen a más de 300.000 personas de inundaciones catastróficas y sostienen infraestructura esencial que conecta a las comunidades más vulnerables con la asistencia humanitaria y los servicios básicos.
Estos esfuerzos requieren voluntad política, alianzas sostenidas —incluidas las establecidas con actores regionales, nacionales y locales— y un apoyo previsible de la comunidad internacional. El mantenimiento de la paz funciona porque países de todo el mundo aportan personal, conocimientos especializados, recursos y respaldo político en favor de la paz.
Invertir en la paz no es solamente un imperativo moral. Es una necesidad estratégica. El costo de la prevención y la estabilización siempre es mucho menor que el costo del conflicto, el desplazamiento y la inestabilidad regional. Cuando las operaciones de mantenimiento de la paz se ven obligadas a reducir sus actividades, el impacto se siente de inmediato en las comunidades a las que sirven y más allá de ellas.
Las mujeres y los hombres que sirven bajo la bandera de las Naciones Unidas no pueden construir la paz por sí solos. Pero su labor sigue demostrando que, incluso en los entornos más difíciles del mundo, la paz sigue siendo posible cuando la comunidad internacional decide actuar de manera conjunta para apoyarla.
Para millones de personas que viven en contextos de conflicto, el mantenimiento de la paz puede significar la diferencia entre el miedo y la seguridad, entre el aislamiento y la asistencia, entre la desesperación y la esperanza. La paz no ocurre por accidente. Debemos elegir invertir en ella.
Publicado por primera vez en The Guardian el 2 de junio de 2026.





